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Manuel J. Castilla: de lo americano a lo universal

Homenaje de la Provincia de Salta y de la Nación a Manuel J. Castilla en su año centenario. Biblioteca Nacional, Buenos Aires, 5 de julio, 2018

Es un gran honor para mí el haber sido invitada por la Secretaría de Cultura de la Provincia de Salta a participar de este Homenaje nacional y provincial a Manuel Castilla, un homenaje del pensamiento y la cultura, respaldado por el consenso de la comunidad poética, que venera al poeta como a uno de sus grandes maestros.

Estamos ante un homenaje largamente esperado y muy significativo, en el año centenario de Manuel Castilla. La cultura argentina está de fiesta ante este reconocimiento nacional a un poeta eminente que proviene del Norte Argentino pero representa a la Nación entera y a la Patria Grande americana. Manuel Castilla alcanza la categoría de poeta universal desde su americanismo y no a pesar de éste, como intentaré señalar en estas palabras pedidas por el Profesor Sergio Bravo, a quien agradezco el honor de su invitación. Trataré de cumplir con esta responsabilidad en nombre de la Poesía, – y de la crítica del poetizar y la cultura, o al menos lo que entiendo como tal.

La obra poética de Manuel Castilla es total, deslumbrante en su forma siempre cuidada sin haber sido reducida al mero artificio, intensa en su mensaje humanista y revelador. Su idioma poético, aquel caudal propio que algunos críticos llaman idiolecto, es de una riqueza y austeridad que se balancean, en su equilibrio de afectividad, penetración intelectual y sabiduría poética, magistral en sus modulaciones y mensaje. Ha cultivado todos los metros y formas de la poética greco-latina e hispánica con inclusión de los antiguos metros de origen oriental- coplas, dísticos y tercetos- que están en la raíz de ese poetizar y perduran en la poesía popular de distintos tiempos, sin omitir la refinada forma del soneto trabajado con destreza sin par, en alternancia con coplas y romances. Incluso inserta, hasta sus últimas obras, coplas propias y del cancionero norteño- hispanoamericano, en textos más extensos y de otra factura, que se abren al lenguaje poético versicular o incluso al verso libre, siempre de subyugante ritmo y melodía. En sus últimos libros se revela como un maestro del versículo, de particular intensidad, cadencia y ritmo. También escribe prosa poética, una joya que nos ha sido revelada hace pocos años a través de la publicación de algunas obras inéditas.     No hay rupturas o saltos en su labor sino un acrecentamiento paulatino desde los núcleos esenciales de percepción, experiencia y reflexión. La calidad y coherencia, la adecuación de forma y mensaje, están dados desde el comienzo.

Esa etapa inicial de su obra ha sido relacionada, a mi ver con justicia, con la afamada y discutida generación del 40. La crítica tiene el derecho de hacer apreciaciones y relaciones históricas como el reconocimiento generacional de grupos que surgen simultáneamente en distintos lugares de la Argentina y se reconocen entre sí a través de revistas y publicaciones, e incluso promueven manifestaciones en común, como ocurrió por esos años. Básicamente en Tucumán, Entre Ríos, Buenos Aires, La Plata, Salta, Jujuy y Santiago del Estero – acaso también en otras provincias, en figuras aisladas y con menores repercusiones – surgía un reclamo unánime a favor de un humanismo poético ajeno a las modas, el vedetismo, el brillo del ingenio metafórico, en suma la trivialización de la cultura. Hechos conmocionantes como la guerra civil española, de tan profundos ecos en la Argentina, y los anuncios de una segunda guerra mundial, afectaban a jóvenes poetas de veinte a treinta años que proclamaban su fe en una poesía adentrada en el corazón del hombre. Fue un momento ciertamente único al que cabe el nombre de generación, vanamente propuesto para otros momentos de poéticas formales y variadas.

También reivindico a la generación como humanista: muchos de sus poetas se volcaron a la recuperación del humanismo europeo y también de la cultura propia; por dar un solo ejemplo mencionaré a León Benarós, estudioso y cultor del cancionero bonaerense. No digo que después estuviera ausente en la poesía el humanismo, lo que digo es que tal vez por única vez, grupos de poetas de todo el país coincidían en una toma de conciencia de la situación mundial y regional, de la necesidad de volver a las fuentes y la legitimidad de recoger el legado de sus pueblos.

Este movimiento cultural, “El cuarenta”, merece ser careado y relacionado con los grupos Orígenes de Cuba, Contemporáneos de México y varios más a lo largo del subcontinente americano. Surgían voces que no representaban solamente a Occidente sino a los pueblos autóctonos, marginados, al criollismo fundacional, a la cultura mestiza americana en consonancia con los estallidos políticos de una América que despertaba a sí misma y al mundo. Considero válido que se incluya a Manuel Castilla en este movimiento poético generacional, si se tiene en cuenta que la afectividad, el sueño, la pertenencia a su comarca, la continuidad vida-muerte, el hablar con naturalidad como lo hace el pueblo de Dios y de los ángeles, en suma la aproximación a lo sagrado- conforman ese núcleo esencial de la poesía de Manuel, y es también el núcleo de una generación que fue llamada neo-romántica. Interpretada desde nuevas categorías filosóficas (por ejemplo Heidegger, quien es sin duda el que devuelve al poetizar su condición de pensar poético) hablaríamos de un habitar-el-mundo, o del simple estar-en-el-mundo, del que se habla en la filosofía argentina.

Los distintos grupos argentinos no eran iguales, obviamente, aunque corresponda a la crítica descubrir su trasfondo común. Respondían a regiones con su fisonomía propia que tuvieron desarrollos singulares, y especialmente lo hizo el grupo norteño que representaba a una amplia región. En 1944 se presentó una muestra colectiva del grupo La carpa, alentado por Raúl Galán y Mario Busignani, que aglutinaba a los poetas del Norte. Traigo estas menciones porque es una perspectiva legítima para la crítica el establecer lazos históricos en el campo de la cultura. Pero la trayectoria de un poeta, sin ignorar los estímulos del medio, es siempre una trayectoria personal e intransferible, aunque formativa e irradiante.      El grupo La Carpa reconocía la fuerte idiosincrasia cultural del Norte argentino, ámbito de una vasta población indígena, criolla y mestiza. Sin embargo –y tal es la complejidad del fenómeno poético americano- tuvieron contacto con vanguardias de Perú y Bolivia que a su turno revaloraban la base indígena, como lo ha estudiado María Eugenia Carante. Hay que subrayar, con una mirada más amplia, que en su conjunto las vanguardias americanas tuvieron una impronta indigenista, negrista e incluso criollista, como se pudo observar en la vanguardia porteña, de modo que ese humanismo del que hablamos puede extenderse con mayor alcance a otros momentos, mostrando la identidad humanista del subcontinente mestizo.

Dentro de esa amplitud, los norteños redescubrían el rico tesoro de la cultura popular, alejándose del folklore repetitivo y comercial, e indagando seriamente en géneros antiguos como la copla y el romance, a los que agregaron la baguala, la canción, el carnaval, los cantos celebratorios y funerarios, etc. A la par de expresar su vida interior, los poetas del Norte iniciaban un rumbo hacia el origen, hacia su propia realidad, hacia la música y los ritmos de su entorno.     Se dio en ese formidable movimiento una labor que tuvo muchas facetas: por un lado reconstruían la totalidad de la cultura, superando las vallas entre lo popular y lo ilustrado, haciendo un trabajo antropológico y filosófico que redundaba en su propia creatividad; por otro se sentían motivados a reafirmar su pertenencia a una cultura con fueros propios. Mucho hay de ello en la obra de Castilla sin que por mi parte pueda suscribir la expresión de algún crítico que ha dicho que su obra es la realización del programa cultural de La Carpa.

Su desarrollo personal se va dando en consonancia con su afirmación del habitar, en una obra singular compuesta de unos veinte títulos – entre ellos algunas plaquetas- que encierran el itinerario espiritual de un hombre, el fondo inagotable de un pueblo, y la sabiduría alcanzada por la humanidad en su trato con el lenguaje, trato que no es solamente el del artífice sino el del discípulo. Nadie podrá negar que los poetas, en pleno siglo del conocimiento tecno-científico, son deudores de una donación transformadora que les viene de su propio trato con el lenguaje.

Escuchemos al poeta, presentándose en su palabra:

 y siento por mi sangre / como por una yema / arenosa, pasar la eternidad.

E invitaremos a seguir escuchándolo, mientras intercalamos pálidos comentarios, que acaso se vuelvan superfluos ante el canto. Porque Manuel Castilla es un poeta del canto, y no solo lo es por la continuidad de sus poemas con la poesía cantada en ritmos populares, sino por su esencia musical manifiesta desde sus primeros libros Agua de lluvia, Luna muerta y La niebla y el árbol. Son tres libros que nada tienen de bisoños o principiantes, muestran al poeta consciente de su interioridad y de su pródigo lenguaje, marcado por la nota afectiva que le será característica. Agua de lluvia inicia esa trayectoria con el ejercicio de coplas y romances, géneros que siempre lo acompañarán. Los versos de su segundo libro, Luna muerta, dirigidos a los indígenas del Chaco salteño, muestran tempranas preocupaciones sociales, una mirada sobre el otro, los otros, que será otra constante de Manuel. Pero no se trata de la mera denuncia social sin ahondamiento en la cultura del otro: Castilla, en este libro, comprende la cultura de Palenque como cultura arcaica, próxima a lo sagrado, destruida por el civilizador que avanzó sobre ella a dentelladas. En La niebla y el árbol asoma el amor en forma más próxima y encarnada, que es una constante suya, dirigido a la madre y el padre, a su mujer, sus hijos, sus amigos poetas, además de campesinos y lugareños, con nombre propio o sin él. La mirada al otro se desenvuelve profundamente como un amar, comprender, interpretar y com-padecer. Es también acto de pertenencia a lo popular por un poeta que conoce muy bien las aventuras del arte occidental en los últimos siglos.

Al final de esa década aparece Copajira (1949), que se prolonga en los años ‘50 mostrando nuevos elementos que integran la comarca, explorada desde adentro, desde la pertenencia. El poeta es plenamente consciente de la originalidad y el papel histórico de su región y de a amplia región americana. Ese libro, junto con La tierra de uno y Norte adentro integran una segunda trilogía centrada en el Norte Argentino, no solo ni principalmente por la poetización descriptiva, sino por la honda penetración de la idiosincrasia moral y cultural del hombre norteño.

Nunca fue Castilla lo que suele llamarse un poeta intimista. Su visión es la del poeta cósmico, nunca desprendido de su faceta social y familiar, que inscribe su vida personal en el conjunto de su comunidad y del marco natural, y hallando en esta conjunción los rastros del sentido. Desde el comienzo, junto a su calidad poética expresiva, se da la primacía del hallazgo sobre la búsqueda.           Vemos iniciarse también un lirismo que trae imágenes de su vida pasada, lo cual es signo de esa madurez espiritual que desafía la entropía del tiempo. En esta línea, que arranca de la anamnesis platónica, se encuentran El cielo lejos, Posesión entre pájaros, Andenes al ocaso y varias plaquetas intermedias, coronadas por una obra elegíaca, El verde vuelve (1970). A la alegría del vivir se sobrepone, sin desgarramientos, una suave nostalgia por la pérdida de los seres queridos, y por el paso del tiempo. Pero rememorar es también recuperar, triunfar sobre la entropía, tal como lo intuye y lo interpreta nuestro poeta.

Soñar lo conecta con el cielo y los ángeles, con esa naturalidad con que lo vive el hombre sencillo y el poeta, popular e ilustrado, lo reafirma. El sueño es la antigua puerta de marfil que comunica al tiempo con la eternidad y activa la comunicación con los muertos, que se vuelve habitual en nuestro poeta metapsíquico.

En los años ‘70 alcanza su plenitud espiritual. No se trata ya solo de su madurez poética y filosófica, suma a ellas un acceso a la dimensión mística que no todos los poetas alcanzan. Por estos años Manuel Castilla publica sonetos, y cantos del tipo de la Oda clásica como los incluidos en Cantos del gozante (1972) y Triste de la lluvia (1977). Vienen a integrarse en esta etapa de alta espiritualidad, la poesía y prosa inéditas contenidas en Campos del cielo, De solo estar y Cómo era?

Estamos ante el poeta iluminado por su propia apertura a niveles no ordinarios de conciencia, dueño del lenguaje poético en sus más variadas versiones, y de una sapiencia poco común que le permite avizorar la continuidad vida-muerte. Si la primera parte de la obra de Manuel Castilla puede considerarse como afirmación y penetración de su comarca, ineludible en toda exploración humana, podría hablarse de una segunda como acceso al nivel espiritual, en que el poeta vive la doble dimensión del tiempo y la eternidad.

Quise compartir con ustedes la lectura del poema “El Gozante”, que define así desde su título al escritor; no se trata ya del goce del mundo sino de una conexión con lo sagrado por intermediación de la naturaleza, experiencia sensible y a la vez metafísica que continúa la lección de otros poetas argentinos, entre ellos Enrique Banchs y el entrerriano Juan L. Ortiz, compenetrado con el paisaje de su provincia. Aunque la experiencia de fusión cósmica o del no-tiempo spinoziano sea la misma en Juanele y en Manuel, el primero no habla de acceso a la eternidad (sinque eso nos impida a nosotros hacerlo) mientras que sí lo hace Castilla, acaso por su compenetración con la cultura popular, que le permite aceptar un orden sobrenatural: aquello que el cubano Lezama Lima llama sobrenaturaleza. En un sueño ha visto la imagen simbólica del Centauro, que remite a la Tradición, y presenta plásticamente: En mi sueño/ pasó un centauro blanco/ como de mármol era/ como de leche seca/ al fondo había/ una pared bermeja.

En suma, sostengo que hay una paulatina maduración en el poeta, desde su propia identidad tempranamente asumida, que pasa del ahondamiento en la cultura de su pueblo a una etapa más filosófica e interpretativa, y luego al acceso místico que deriva en iluminación y sabiduría poética. No vacilo en utilizar el nombre de mística para la experiencia cósmica, pese a que algunos colegas ilustrados a quienes mucho respeto la reducen a la vida monástica. Pienso que los poetas alcanzan – no todos ni en todo momento- a convertirse en heraldos del Ser, iluminados por su presencia.

Leamos el poema El Gozante de Manuel J. Castilla (Cantos del gozante, 1972)

Me dejo estar sobre la tierra porque soy el gozante.
El que bajo las nubes se queda silencioso.
Pienso: si alguno me tocara las manos
se iría enloquecido de eternidad,
húmedo de astros lilas, relucientes.
Estoy solo de espaldas transformándome.
En este mismo instante un saurio me envejece y soy leña
y miro por los ojos de las alas de las mariposas
un ocaso vinoso y transparente.
En mis ojos cobijo todo el ramaje vivo del quebracho.
De mi nacen los gérmenes de todas las semillas y los riego con rocío.
Sé que en este momento, dentro de mí,
nace el viento como un enardecido río de uñas y de agua.
Dentro del monte yazgo preñado de quietudes furiosas.
A veces un lapacho me corona con flores blancas
y me bebo esa leche como si fuera el niño más viejo de la tierra.
De cara al infinito
siento que pone huevos sobre mi pecho el tiempo.
Si se me antoja, digo, si esperase un momento,
puedo dejar que encima de mis ingles
amamante la luna sus colmillos pequeños.
Zorros la cola como cortaderas, / gualacates rocosos,
corzuelas con sus ángeles temblando a su costado,
garzas meditabundas / yararás despielándose,
acatancas rodando la bosta de su mundo,
todo eso está en mis ojos que ven mi propia triste
nada y mi alegría.
Después, si ya estoy muerto,
échenme arena y agua. Así regreso.

 

Es el poeta mismo quien se autodefine desde el título y primer verso, describiendo la experiencia de fusión cósmica, vivida por algunos poetas (y por personas que no intentan la tarea de la escritura). Castilla va describiendo su experiencia como un encuentro amoroso en que descubre su “femineidad” receptiva, por decirlo de algún modo, como lo han hecho otros poetas místicos. Ocurre que ciertas experiencias solo son susceptibles de ser abordadas por analogía. Y cabe leer en aquello a lo que damos en llamar “Naturaleza”, lo dado del mundo, la misteriosa entrega al hombre de ese marco ineludible del que forma parte: es el libro en que aprende su destino. Por su mediación, como lo ha dicho Spinoza, “sentimos y experimentamos que somos eternos”. El poeta se convierte en profeta, el que deja hablar a otro por su lengua. (No quiero irme del tema, que voy cerrando, pero sí señalar que en nuestros días, hay filósofos como Michel Henry y Jean- Luc Marion que hablan de la donación como principio de la cultura). Si bien la lectura de Castilla, nos muestra que utiliza a menudo el vocablo Dios, no lo hace en este poema, donde la experiencia misma ocupa todo, sin explicación o interpretación alguna. Incluye un comentario coloquial referido a su muerte, pidiendo en forma amigable que echen agua a sus restos, como si se tratasen de una semilla; al nombrarse a sí mismo como “gozante” da cuenta de una actitud y no solo de una vivencia aislada o casual.       La valoración del lenguaje como misterio, o camino a las revelaciones, completa ese itinerario creativo que ha sido llevado a sus últimas instancias por el Poeta. En el nivel de conciencia alcanzado, ajeno a dogmas y prejuicios, se deja estar para ser visitado por el Ser, participa de la felicidad de entregarse al Uno-Todo, de celebrarlo en su palabra y así transmitirlo como lo hace un verdadero maestro, que no solo habla desde la vida sino que lo hace desde la muerte.

Aunque la región haya sido un núcleo semántico importante en su obra, es el despliegue de su persona, desde su plano más profundo, el que le permite descubrir su ipseidad. Ha alcanzado la transformación espiritual largamente predicada por tradiciones ilustradas o populares, aquella metánoia que nos muestra a Narciso y Dafne convertidos en flor y en laurel. Siguiendo su genuina vocación poética, y sin ignorar el estímulo epocal, a Manuel Castilla le correspondió ser acaso el mayor vocero de la cultura del Norte, y en consecuencia de la Argentina profunda, ajena a modas estéticas pasajeras. Y es legítimo pensar que al rescatar esa Argentina profunda recobra el perfil de toda cultura capaz de integrar las diversas dimensiones de lo humano. Al exponer ese espectro, desde lo comarcano, expresa también un modo de ser y de pensar sumergido bajo la altanería racionalista de la Modernidad, en un tiempo que Heidegger ha llamado del “olvido del Ser”.

Por lo aducido en esta breve e imperfecta revisión de la poesía de Manuel j. Castilla, pienso que estamos ante un acontecimiento cultural, que es la recepción y homenaje, en Buenos Aires, de un poeta que representa a la gran poesía, siempre – de un modo u otro portadora de aquella vieja herencia que asociaba lo Bueno, lo Bello y lo Verdadero, como lo recordara John Keats hace doscientos años. Tengamos al poeta con nosotros cuando dice, casi despidiéndose, en un momento de su obra:

                                    y como un sueño que anda me fundo en el crepúsculo.       

Diario de la noche

El título podría sugerir historias de terror o misterio, pero no. Simplemente se trata de lo que me viene de decir mientras el sueño no viene.

No viene, es tal vez incorrecto. En realidad, creo que en buena medida, es un viejo sueño juvenil que hoy veo realizado, lo que me saca el sueño. El sueño me saca el sueño. Me alegré y me emocioné profundamente al leer textos de jóvenes docentes de la UFPB que investigan sobre la Terapia Comunitaria Integrativa y sus resultados.

Fue rencontrar una sociología que busqué y para la cual me preparé cuando estudiante, y que traté de practicar en mis años de docencia universitaria, y aún ahora, como formador en TCI. Una sociología que no se basta a sí misma, que necesita de otras ciencias y de otras formas de saber.

Una sociología que sale de las puertas de la universidad y se mezcla con la gente. Digo “sociología” porque es mi recorte profesional. En realidad, debería decir, un conocimiento científico aplicado en salud mental comunitaria, que se sabe y se quiere plural, diverso, integrado. Experiencia cotidiana, saberes populares y tradicionales, uniéndose con las diversas ramas del conocimiento científico académico.

Una ciencia no cientificista, no intelectualista, no reduccionista, no fragmentadora, sino integrada e integradora. Desalienada y desalienante. Libertadora, autonomizante, revinculante. Lo que más me agrada, en esta oportunidad, es estar en una posición más bien lateral, de observador participante.

Alguien que ve el niño nacer, crecer, dar sus primeros pasos. No tan primeros, a rigor, pero déjenme jugar un poco con lo que ahora me está encantando. Vale la ciencia. Vale la experiencia personal. Saber que hay gente de diversas áreas de formación y de actuación, convergiendo en la recuperación y en el empoderamiento de la persona humana.

Gente que se ocupa en ayudar a que otras personas tengan un lugar donde vivir. ¿Y qué lugar más precioso para vivir, que la propia persona? Gente que se ocupa en incluir jóvenes de las periferias urbanas y existenciales en la sociedad, abriéndoles rumbos de humanización, verdaderas puertas a una vida digna. Gente que sueña con gente que sueña. Y los sueños son ya realidades desparramadas por ahí. Alimentando más y más sueños. Ahora sí creo que ya me puedo ir a dormir.

El golpe de estado y su contexto: desafíos para la acción

El golpe de estado en Brasil y, en general, los retrocesos en el campo de los derechos laborales, humanos y sociales en otros países latinoamericanos como Argentina, exhiben el perfil de una maniobra claramente definida de destrucción del sistema democrático de gobierno, que se vale del uso de un sistema judicial partidista y partidario, perseguidor de sus adversarios.

A esto se agrega un legislativo abierta y descaradamente clasista y enfermo de privilegios y odio antisocial, antipopular y antinacional. Antihumano, para resumir. Aquí ya me voy acercando al eje de estas breves reflexiones. La antihumanidad es lo que más me preocupa. Estos retrocesos y el golpe en Brasil, suceden en medio de un clima de destrucción de los más elementales principios de conciencia y respeto a la vida humana.

La prensa se encarga de exacerbar y difundir estos relatos, implantando en nuestras cabezas y corazones, en nuestro comportamiento cotidiano, el miedo, la desconfianza, la decepción, la desesperanza, la desesperación. Esta situación se viene consolidando desde por lo menos unos cien años, o un poco más, dando lugar a la formulación, en la sociología, de los conceptos de alienación (Marx), anomia (Durkheim), automatización de la conducta, mecanización del comportamiento, desencantamiento del mundo (Max Weber), entre otros.

Adalberto Barreto, médico psiquiatra y antropólogo creador de la Terapia Comunitaria Integrativa, habla de la fragilización de los vínculos, pérdida de identidad y de autoestima. Es un cuadro extremadamente preocupante. Pero no soy de los que se satisfacen en señalar los males, sino más bien, me cuento entre quienes saben que es el mismo mal el que genera la conciencia y la acción o acciones necesarias para restablecer la normalidad.

En este caso, restituir a la humanidad su propia humanidad. La TCI es un recurso cultural micro-político. En la TCI la persona redescubre su valor, su trayectoria de vida, que se le hace presente constantemente como una fuente inagotable de autoconfianza, autoestima y esperanza en días mejores.

Descubrimos que no necesitamos de ningún gurú o salvador, nadie que venga a sacarnos de nuestras dificultades. Ya sabemos cómo hacerlo. Sólo necesitamos recordarlo, y esto sucede en medio del encuentro con otras personas con las cuales nos encontramos en las ruedas de TCI, en la familia, en la vida cotidiana.

Entonces ya no nos dejamos manipular tan fácilmente por el diario bombardeo de los medios de información. Volvemos a tener ganas de vivir, seguir adelante, encontrar a la gente no como enemigos o adversarios, sino como alguien con quien puedo sumar, ya que nos necesitamos mutuamente. Es una revolución cultural en los espacios micro, el espacio de la propia persona, y las relaciones diarias con quienes convivimos y vamos encontrando.

Porqué la poesía

Quiero reflexionar sobre lo que significa escribir poesía, y especialmente hacerlo desde el tiempo actual, aparentemente refractario a la modalidad y rasgos del poetizar.
Cabe admitir, con las ciencias del hombre, que el poetizar es un hecho de las culturas, tanto primitivas como evolucionadas, antiguas o modernas. Y ello es así, simplemente, porque se trata de uno de los constituyentes del hombre.

No todos, evidentemente, practican el poetizar: siempre han existido entre los integrantes de la tribu aquellos que muestran cierta vocación de ensimismamiento y contemplación, cierta actitud meditante, próxima a la adivinación y a la filosofía, juntamente con una predisposición expresiva, lúdica y musical.

El poeta ha sido shamán, maestro, guía, y también mendigo, bufón de los poderosos, mártir, olvidado. El lapso de la historia occidental y mundial denominado Modernidad, hizo del poeta, cada vez más, -pese a su brillo en algunos ámbitos reducidos– un marginal de la sociedad, cuando no una víctima. El siglo XX, por extraña paradoja, ha construido sociedades refractarias al espíritu poético, pero a la vez produjo, en el campo filosófico, el mayor reconocimiento que ha recibido el poetizar.

Martin Heidegger calificó a esta época como del olvido del Ser. Y en efecto, el hombre olvida al ser que lo sustenta, y se olvida a sí mismo en cuanto hombre. Parece relegada la condición despierta, introspectiva, pensante, que hace posible un destino realmente humano. Se vive a menudo en aquella dimensión que Hartmann llamó el “patio de los objetos”. Multitud de aparatos, redes e instrumentos -que, además, no alcanzan a todos- ocupan el espacio de la vida, pero nos hemos olvidado de ser felices, de ser nosotros mismos, de hallar un sentido a la existencia.

El triunfo de la utopía tecnológica hizo posible un asombroso desarrollo de las comunicaciones, sin que ese instrumental se haya puesto aún al servicio del hombre creador. Por el contrario, una subcultura de masas incentivada por las comunicaciones, genera una incesante mecanización y trivialización de la cultura. Si bien, innegablemente, somos beneficiarios de prodigiosos avances en la prolongación de la vida o el cuidado de la salud, somos también testigos de manifestaciones altamente deshumanizantes: la crueldad, la estulticia, la indiferencia, la avidez material, el egoísmo y la degradación de todos los valores nos hacen dudar de la historia como progreso.

Con profunda razón decía el franco-uruguayo Lautréamont que la poesía debía ser hecha por todos. Se trata de despertar aquella porción de vida desinteresada de la inmediatez, de los intereses concretos de la subsistencia, e incluso del conocimiento científico, admirable y deseable. El poeta frecuenta otras escalas que atañen a la simbólica del mundo dado y a su relación personal con lo físico y metafísico. Habitante del cosmos, alienta la vocación de leer en él y de interpretarse a sí mismo.

Es realmente llamativo que en medio de la parcial destrucción de la cultura haya todavía quienes cultivan el espíritu, produciendo esa escritura demencial o extraña llamada poema. Qué son hoy los poetas, nos preguntamos, sino sobrevivientes de una antigua modalidad del pensamiento y la palabra, defensores de un modo de ser esencialmente humano, de un pensamiento receptivo y activo que revela el ser de la realidad y el propio ser de quien la indaga.

Parece increíble que en medio del ruido y la estupidez se produzcan espacios para la contemplación y la meditación del poeta. Y sin embargo eso existe; día a día nos asombra la persistencia de ese trabajo a deshoras, desinteresado, solitario, que se vuelca a un lenguaje nuevo y alógico, inédito por fidelidad al proceso interior y no por afán de deslumbrar, marginal por vocación de pureza y desnudamiento.

A través del lenguaje de los poetas volvemos a descubrir el rostro verdadero del hombre, su capacidad de leer el mundo, su vocación de fundirse con él y trascenderlo. El suyo es un trabajo de comprensión, revelación y crecimiento. Crece en la medida en que conoce y expresa. Revela, a partir de su autodescubrimiento, zonas desconocidas de la realidad. Proyecta su asombro, su ansiedad, su soledad, su sufrimiento, su sabiduría, en dones de creación, gratuidad y belleza. Agrega realidad a la realidad, transita senderos nunca hollados, avanza por nuevos territorios del mundo y del espíritu.

A esa tarea humana indeclinable han sido dedicadas las páginas que siguen.

Introducción al libro de la autora: La Poesía: un pensamiento auroral (Alción, 2011)

Resistir a la destrucción del orden democrático

Lo que está ocurriendo en Brasil ahora, es mucho más (y mucho peor) que un mero golpe de Estado, o la mera caída de un gobierno democráticamente elegido. Es un golpe de Estado, sí, y también es la caída de un gobierno democráticamente elegido.

Pero es también, y aquí está lo grave, lo realmente grave de esta situación de asalto al poder que se está viviendo en Brasil, es que se trata del intento de restaurar un régimen que no solamente no es democrático, sino que es completamente antihumano. Es un retroceso civilizatorio.

Es la vuelta a aquél orden perimido en el que una ínfima minoría disfruta de todos los bienes y privilegios, a costas del trabajo esclavo de la mayoría de la población. La ventaja del gobierno Temer es que es tan descarado, que permite ver con claridad de qué se trata.

Es la caída de la democracia como posibilidad de vida para la mayoría de la población. Quieren que quienes trabajan, lo hagan hasta morir, y a bajísimo costo. Sin disfrute de la cultura, sin derecho a estudiar ni a capacitarse profesionalmente, sin salud.

Es el modelo de la exclusión, que el mundo conoció bajos los regímenes feudales y coloniales. Esto es lo que se están queriendo restaurar en Brasil. Esto es lo que no podemos dejar, bajo ninguna hipótesis, que ocurra.

La exclusión de mujeres y negros del gabinete ministerial golpista es simbólica. No quieren mujeres ni negros, a contramano de lo que se vino haciendo en las varias acciones tanto de base como gubernamentales, en estos pocos años de vida democrática, desde el fin de la dictadura hasta hoy.

No quieren que la cultura sea disfrutada por la mayoría de la población, que la genera y de ella hace un espacio de afirmación de las diversas identidades que componen la sociedad. Quieren seguir manipulando corazones y mentes, controlando comportamientos, desde la prensa comercial, como lo han venido haciendo de manera descarada durante todo este lento proceso de agresión a Dilma Rousseff, Lula y el PT, símbolos estos, de ese Brasil incluyente que ahora quieren destruír a golpes de decretos.

La prensa golpista está asociada a un poder judicial y a una policía serviles al proyecto de país que quieren implantar. No lo van a conseguir. La resistencia de trabajadores y trabajadoras, así como de los movimientos sociales y del sector democrático del parlamento, debe permanecer firme y sin tregua.

Ya que no hay justicia ni hay ley, debemos ser más que nunca responsables, evitando las provocaciones del oscurantismo racista, fascista, homofóbico y esclavista. Teniendo en claro que se trata de defender un sistema de vida, un orden social abierto, incluyente, para todos y todas. Esto va a dar trabajo, pero es un trabajo que no podemos evitar, si tenemos algún aprecio por la libertad. Y hay que tenerlo, ya que sin libertad somos menos que humanos.

Integrándome

Estos días pasados, y aún hoy, una gripecita bastante incómoda, me ha venido obligando y me sigue obligando a permanecer en casa. Uno se proyecta mucho en la acción. No hay nada malo en proyectarse en la acción.

Pero “no hay mal que por bien no venga,” como dice el dicho popular.” Esta obligatoria inmovilidad, me viene trayendo a un estado de observación del mundo mínimo en el que vivo. La vida mínima. El mero estar vivo. El mero respirar. El mero poder ver el mundo, y poder hacer algunas cosas.

No muchas cosas, no todas las cosas que me gustaría, pero sí muchas cosas. Las mínimas imprescindibles. En estos días he tenido varias alegrías profundas. El reencuentro con los compañeros del grupo cristiano, que se reunió por primera vez en mi casa. Un momento de luz y de alegría. Compromiso. Solidaridad. Fe.

El haber recibido de mi concuñado francés, la traducción al español de mi libro Libertatura. Esto ha sido y sigue siendo una de mis más profundas alegrías. He tenido la oportunidad de valorizar cómo es importante la distracción, el divertimiento. Una película en la TV, que me trajo memorias infantiles y juveniles. Sueños de paz y justicia.

As viagens de Gulliver
. La risa. La alegría, la despreocupación. Desprogramarse. Permitirse refluir al mero ahora, al mero estar aquí. A través de mis escritos y lecturas, pinturas y oración, el trabajo interior, me he ido integrando en el mundo más sutil que contiene todo lo que existe.

Me he ido enraizando en la realidad más tenue que comprende todo y abarca todo. Miro muchas veces lo que ocurre, el mundo actual, y me vienen como rememoraciones, evocaciones de otros tiempos. Todo se va integrando en una especie de totalidad viva que me incluye, y que incluye también a mis muertos queridos, esos seres que están tan vivos en mi momento actual.

Me acompãnan y me acompaño, me nutro de su compañía. De pronto me veo en colores. Vuelve mi llegada a Brasil. Vuelve el yo que se ha ido reintegrando, recuperando su identidad en los sucesivos encuentros de Terapia Comunitaria Integrativa. Sigo volviendo. Vuelvo y vuelvo cada vez más. A veces me parece que ya llegué. Pero sigo volviendo, llegando.