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Dirección y sentido

La posibilidad de expresar lo que sentimos y lo que vivenciamos, lo que experienciamos, es una puerta abierta a la salud.

Una apertura en dirección a la construcción de vínculos comunitarios positivos. Saber que no estamos solos ni solas. No tenemos culpa ni debemos avergonzarnos.

Ir en dirección a nuestra propia historia, adoptar la persona que somos y saber que fuimos capaces de superar lo que pudo habernos destruido, aumenta nuestra autoestima.

Nos hermanamos así con la gente alrededor. Nos sacamos de la espalda el sobrepeso de exigencias indebidas

Recuperamos el derecho de ser felices. Disfrutar de la vida. Sentir placer. Vivir sin miedo.

Noche de vigilia

Ya se escucha el canto de un gallo. ¿Será el anuncio de la revolución? El aumentativo de pueblo puede ser revolución, dice el poema de Affonso Romano de Sant´Anna.

Sea como sea, la cuestión es que estoy de nuevo por aquí. Esta vez no es el miedo o la ansiedad por un atentado terrorista o golpe de estado lo que me mantiene atento, sino más bien un viejo hábito de habitar mi tiempo. Jugar con palabras. Jugar a divertirme.

Todo se puso tan serio de repente. Personas que encontré en mi paso por la academia, ignoraban todo sobre los clásicos de la sociología. Eran dos doctores y una doctora. No citaré sus nombres ahora, para no dar publicidad a lo que detesto. La ignorancia pedante.

Saber que pasé por la universidad tuvo y tiene distintas connotaciones. Haber pasado por la  universidad me mostró la distancia entre lo que se dice conocer, y lo que de hecho se sabe y se practica.

En mi universidad de origen, la Universidad Nacional de Cuyo, tuve ejemplos de lo que llamaré acción integrada. El casamiento entre lo que se sabe y lo que se es y practica. Esto es lo que trato de mantener vivo y activo en mí.

En otras universidades, encontré de todo un poco. Algunas personas (mujeres y hombres) cuyos ejemplos me marcaron profundamente, y cuyos nombres guardo por tratarse de mi espacio interno.

Lo que ahora me trae aquí, no es esta introducción ya demasiado larga pero necesaria, sino algo muy concreto. Mi tiempo es más bien estas horas que preceden al amanecer. Me gustaba levantarme tempranito antes de ir al Liceo Agrícola Sarmiento, en Mendoza, Argentina, donde estudiaba. Tomaba unos mates y leía escuchando radio.

Ayer tuve la alegría de escuchar al Presidente Lula y a su ministra indígena, Sonia Guajajara. Uno y la otra son personas actualizadas. Viven este tiempo. Son contemporáneas de la modernidad, o como se quiera llamar al tiempo actual.

Vivir el propio tiempo es para mí lo más precioso. Que nos roben el presente es lo más penoso. Esto último es lo que vino sucediendo durante la larga noche que llegó a su fin el día en que venció las elecciones la fórmula Lula y Alckmin.

Lenguaje. Lenguajes. Palabras. ¿Qué estoy diciendo? ¿A quién me dirijo? ¿Para qué escribo? El tiempo actual es vertiginoso. Todo es rápido. Pero la vida tiene ritmos más lentos. Despacito. Puedo vivir mi tiempo de varias maneras.

Lula y Sonia Guajajara me recuerdan que podemos vivir y de hecho vivimos nuestros propios tiempos, modos y valores, en medio de una sociedad diferenciada, en medio de gente con valores totalmente diferentes (cuando no opuestos) a los nuestros.

Lula dijo que los atentados del domingo 8 de enero son obra de personas que desconocen la realidad, tal como su mentor, fugitivo, que desde el exterior desconoce que fue derrotado por el electorado, en elecciones limpias.

Desconocer la realidad es especialidad y norma de ese contingente de gente sin rumbo ni dirección, que se deja llevar por quien le dice algunas palabras clave y le pone un dinerillo en la mano, o le ofrece cargos y poder.

Sonia Guajajara, ministra de los pueblos indígenas, dijo que su ministerio bien podría llamarse ministerio de la vida o de la tierra. Su alegría y espontaneidad fueron un regalo para mí, cansado de caras siniestras en el poder.

Límites

Paciencia y perseverancia hemos tenido. Han sido 10 años de ver descomponerse el tejido social por la acción maliciosa del sector antidemocrático de la sociedad. Incluyendo, por supuesto, el sector corrompido del Legislativo y Judicial, así como la llamada “gran prensa,” iglesias cristianas, empresarios, etc.

No, no faltó paciencia al lado de acá. El lado de allá, sin embargo, no se conforma con haber sido derrotado el 30 de octubre de 2022, en las elecciones que dieron victoria a Lula y Alckmin.

Ahora que la Justicia parece haber despertado del largo sueño adormecedor a que se entregó, no falta quien se queje alegando derecho de manifestación.

Pedir dictadura, desconocer el resultado de las elecciones, no son derechos. Son delitos, y deben ser punidos. La justicia demoró mucho en actuar, y lo está haciendo, lentamente.

No es justo que el sector democrático y popular, que soportó todo este tiempo de golpes, ataques, prisiones ilegales, calumnia y difamación, tenga que seguir soportando las amenazas de nuevos ataques terroristas.

La justicia y la policía deberían garantizar la seguridad pública y el ejercicio de la vida cotidiana de la población. Esa es su función. No lo han hecho hasta ahora, pero es su obligación.

10 años no es poco. Creció el feminicidio, la homofobia, el racismo, los asesinatos impunes. Cortaron presupuesto educacional y cultural. Destruyeron el sistema de salud pública.

No nos pidan más paciencia. Cumplan la ley como es debido y déjennos reconstruir lo que se queda de este país devastado por la delincuencia política institucionalizada y sus apoyadores.

El valor de la vida

Que haya gente para quien la vida no vale nada, no es algo nuevo. Gente para quien estar vivo o viva, o morir o matar es lo mismo, siempre hubo. Es la escoria de la humanidad.

Son aquellas y aquellos que violan las normas sociales, atentan contra los derechos de la persona humana cuando saben que no van a sufrir castigos. Se creen a salvo cuando nadie les ve.

Lo que sí es nuevo es que este basural subhumano haya crecido exponencialmente, asumido el poder y seguir impune. La contaminación de la barbarie se ha infiltrado y ha corroído los cimientos de la sociedad.

Se ha instalado una especie de descuido básico con la vida. Vivir o morir parece que fueran lo mismo. Y no lo son. Vivir de acuerdo con principios y valores superiores es algo que nos humaniza, nos hace gente, ganamos un lugar en el mundo.

Al contrario, despreciar y despreciarnos, odiar y atacar a quien no se puede defender, burlarnos de quienes sufren o están al margen de la sociedad, nos rebaja y humilla, nos hacemos menos que gente.

Cuidar la vida no es predicar, no es discursar, no es emitir notas de repudio, por más que esto pueda también llegar a ser valioso o necesario en algún momento. Cuidar y defender la vida es vivir según el amor, norma máxima y única de la existencia.

Sin amor y sin justicia, somos menos que bestias.

El amor nos obliga, nos impone deberes, impone respeto. Orienta y guía nuestros actos todos los días. El amor es más que un sentimiento. Es una práctica. Una acción orientada a la promoción y crecimiento de la persona.

En los días actuales, seguir siendo humano o humana, se ha vuelto un desafío más grande que en otros tiempos. Los y las videotas se han multiplicado. La mediocracia se ha instalado como si fuera lo más normal, y no lo es. Nunca será, si es que queremos seguir siendo humanos y humanas.

La fuerza colectiva y comunitaria ha dicho basta en Brasil. Basta de terrorismo de estado. Basta de violencia institucionalizada. Basta de abuso de poder. Hemos elegido la democracia el 30 de octubre de 2022. Y esto es haber elegido la vida. Es haber elegido el amor, la alegría, el respeto a las diferencias, la esperanza, la justicia y la paz. La solidaridad sigue siendo el cemento fuerte que nos une. No nos van a derrotar.

¿Cómo veo la Terapia Comunitaria Integrativa como práctica de cuidado?

(Antes de responder, espero que la pregunta llegue al lugar que soy, adonde estoy. Así no será una respuesta automática.

¿Cómo lo que hago se inserta en mi historia de vida?

Cuando trato de responder a la pregunta que me formularon, surge esta otra pregunta. Entonces es toda mi historia de vida la que sale a flote.)

Veo la TCI como una práctica de cuidado, en los siguientes sentidos. El primero y más importante, es una práctica de acogimiento. La persona es aceptada en un espacio acogedor, es escuchada atentamente, no recibe consejos, ni interpretaciones, ni análisis, ni recetas, ni sermones.

La persona se escucha y se ve a sí misma en la ronda de la TCI. Sabe de si misma al escuchar a otras personas.

El segundo aspecto es que veo la TCI como una práctica de inclusión social. A través de la acogida, la persona se conoce a sí misma, sabe que tiene un lugar, un pertenecimiento. Viene a saber que no está sola, que tiene recursos comunitarios a su disposición.

En tercer lugar, y como consecuencia de lo anterior, la persona sabe que tiene un valor. Su experiencia de vida, sus estrategias de superación, sus dolores resignificados, sus cualidades personales, son apreciadas y valoradas, sirviendo para que otras personas también puedan comprender y superar su sufrimiento.

De esta manera, la TCI funciona como un espacio para la recuperación de las personas. Una vez que la sociedad más amplia y los patrones culturales dominantes a menudo tienden a empujar hacia la despersonalización, aquí se hace el camino contrario. Recuperamos nuestro propio rostro, nuestro sentido de vivir, nuestra confianza en nosotros mismos, en nosotras mismas, y en la comunidad. El futuro se rehace como un lugar esperanzador, y no sólo como algo incierto hacia el que se avanza sin ánimo ni estímulo.

En lugar de simplemente vegetar o aguantar, la vida se transforma otra vez (o por primera vez) en algo significativo.

La inclusión social y el cuidado comienzan conmigo, con la propia persona, se extiende a quienes están cerca (familia y comunidad), e inclusive hasta la humanidad, que deja de ser algo abstracto y lejano.

La TCI no es una práctica caritativa ni asistencialista. Es una recuperación de personas que se realiza horizontalmente, en un espejamiento recíproco que tiene un efecto liberador, de contención y potenciación de la autoestima y de las ganas de vivir.

Por último, pero no menos importante, veo la TCI como una práctica de recuperación total e integral de la persona humana. Es decir, no se trata de privilegiar tal o cual aspecto del ser que somos, sino la totalidad de nuestras dimensiones, en un acto que bien puede calificarse de liberador y restaurador.

Todo el ser que soy, en todo su complejo entrelazamiento, puede ser ejercitado y practicado en el espacio terapéutico-comunitario. No hay priorización, sino uma intersección integrada e integradora de saberes y de dimensiones de vida. La fe, la familia, el sentido común, la academia, los chistes, las risas, las canciones, la poesía, la vivencia cotidiana, todo tiene su lugar.

No hay jerarquizaciones opresoras o domesticadoras. Lo natural se armoniza, o tiende a armonizarse, con lo social.

En un mundo donde vemos frecuentemente la presión de las estructuras de poder y dominación social y económica, estrujando a las personas, asfixiándolas, sacándoles el aire, en la TCI, al contrario, la vida se recrea en un ambiente de fiesta, de alegría, de refuerzo de lazos positivos que animan y dan esperanza.

El cuidado conmigo mismo, en este momento de mi vida, está en primerísimo lugar. Amarme a mí mismo, aceptar el ser que soy sin restricciones. Adoptar mi historia de vida, poniendo cada cosa en su debido lugar, como en una biblioteca. Aprendiendo a abollar y a tirar lo que no sirve. Aprendiendo a borrar, para dejar la basura en la basura. ¡Y que venga la primavera, en cada estación, en todas las estaciones!

Combatir al neonazismo

Es necesario ver y actuar con claridad. Frente a actos que manifiestan en la práctica la adhesión a posiciones neonazis o neofascistas, no caben medias tintas.

El Brasil ha venido experimentando largamente, en esta última década, para referirme solamente al período más reciente, una persistente destrucción de los valores humanos en que se apoya la vida social.

Masas de maniobra de gente que se deja llevar por las redes sociales, que desparraman noticias falsas, calumnia y difamación. Apoyaron el golpe contra Dilma Rousseff en 2016 y la ascensión del actual presidente, cuyos actos, actitudes y gestión, enlutó y avergonzó a este país y a su pueblo.

Frente a la decisión popular de restablecer la democracia y reconstruír al país, siguen en sus actitudes funestas y agresivas. La justicia y la policía no actúan con la contundencia debida.

Siguen los asesinatos practicados por neonazistas. ¿Qué esperan la policía y la justicia para actuar?

Viví por tres veces bajo regímenes neonazis. Todos resultantes de golpes de estado. Dos en Argentina (1966-1973, y 1976-1983) y uno en Brasil (2018-2022).

El neonazismo no se asume, en los casos a que me refiero, como una adopción explícita de esta posición, sino como una práctica pautada por la muerte como valor supremo.

Es imperioso que nadie se lave las manos. Hay que entender de una vez por todas, que no se trata de una cuestión de “libertad de expresión.”

Se trata simplemente del derecho de vivir. Esto no puede ni debe ser negociado.

No miren hacia otro lado. No crean que es un mal menor. Las personas asesinadas por elementos adeptos de esta postura frente al mundo, tienen objetivos claros.

Es dominar por el miedo. Romper la cohesión social. Confundir e invertir los valoes supremos. Atacan a quienes piensan, a quienes promueven actitudes reflexivas. Odian la educación, el arte, la cultura, la solidaridad, la cooperación.

Su tarea es la de romper el tejido social y matar. Sea por hambre, ignorancia, miedo, mentira, banalización de la vida, tortura, secuestro, desparición de personas, entre otros medios.

No se omita. Denuncie.