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¿Qué revolución?

Algunas cosas han cambiado, otras no

Yo no creo haber cambiado tanto, me parece

Otras veces veo que sí

Sigo levantándome tempranito a ver si le gano al sol

Al sol no hay quien le gane

¿Y sabés por qué?

Porque sale cuando le da la gana

Y si no, se queda por ahí remoloneando

Esperando a ver si nos animamos a encender nuestra propia luz

Ahora es la luna la que ilumina

Y es bajo esa luz de terciopelo

Que llego esta mañana a vos que nos leés

La razón de ser de esta revista

Aquí no se te pide que vistas un uniforme

Que hagas esto o lo otro

Que vayas allá o que vengas para acá

Allí donde estás puede estar ya sucediendo una revolución

Alguien que te ama a tu lado

Una persona a tu favor bien cerquita

Nadie dándote órdenes

Escribí, che, dale

No, no, no, no, para nada

Escribir es un acto voluntario

Al menos en parte

Es como el sol

Nace cuando quiere

Y es este querer la revolución de la vida

Querer seguir dándole firme

No ya igual que ayer, aunque de cierta forma sí

Sumar con quien nos lee

Invitarle a que se nos junte

Que traiga sus sentimientos

Sus ganas de amar y ser más

Juntar ladrillos y hacer una casa

Un puente

Un camino.

Yo me junté a este proyecto en el 2000

Aquí estoy

Nadie me obliga a trabajar

Voluntariado es esto

Lo hago porque respiro

Si no, piro.

Aprendiendo a decir que no

Ya trabajé bastante a pulmón

Ahora me toca elegir, decir que no

Que sí que no

Sigo en una red sin fronteras

Gente que acoge como fui acogido en este país cuando llegué

No digo el año, pero fue hace ya más de 45 años

Mucho tiempo

Acabaron las dictaduras

Y hay hoy algo no sé si más peligroso porque aparentemente normal y aceptado

La masificación

El rebaño

El hacer porque todo el mundo lo hace

O mejor dicho

Los que mandan y las que mandan

Creen tener todo en sus manos

Pero hay otras manos

Debe haber y hay otras manos

Manos que cuidan

Cuidan de la vida

Mantener el rumbo

Acogimiento es eso

Miento si digo que es otra cosa

Es hacerte un lugar tal como sos

Pero si elegiste el camino equivocado

Hay de vuelta justicia y policía

Para que le delincuencia no se normalice

Si la delincuencia se normaliza estamos fritos, fritas, che pibe o piba.

Así que bueno, esto es lo que quería compartirte

Seguí con tus sueños

Sueños hechos a muchas manos superan dictaduras

Superan barreras de clase

Mandonismos e idiotizaciones de distinto tipo

Arte de vivir, sabés

Saber que se puede.

Hay un lugar para vos

Para mí

Para toda persona humana

Cuidar la vida

Esa es la tarea

Yo cuido escribiendo y pintando

Juntando tiempos y sentimientos

Y vos

¿Cuál es tu revolución?

 

¿Cómo veo la Terapia Comunitaria Integrativa como práctica de cuidado?

(Antes de responder, espero que la pregunta llegue al lugar que soy, adonde estoy. Así no será una respuesta automática.

¿Cómo lo que hago se inserta en mi historia de vida?

Cuando trato de responder a la pregunta que me formularon, surge esta otra pregunta. Entonces es toda mi historia de vida la que sale a flote.)

Veo la TCI como una práctica de cuidado, en los siguientes sentidos. El primero y más importante, es una práctica de acogimiento. La persona es aceptada en un espacio acogedor, es escuchada atentamente, no recibe consejos, ni interpretaciones, ni análisis, ni recetas, ni sermones.

La persona se escucha y se ve a sí misma en la ronda de la TCI. Sabe de si misma al escuchar a otras personas.

El segundo aspecto es que veo la TCI como una práctica de inclusión social. A través de la acogida, la persona se conoce a sí misma, sabe que tiene un lugar, un pertenecimiento. Viene a saber que no está sola, que tiene recursos comunitarios a su disposición.

En tercer lugar, y como consecuencia de lo anterior, la persona sabe que tiene un valor. Su experiencia de vida, sus estrategias de superación, sus dolores resignificados, sus cualidades personales, son apreciadas y valoradas, sirviendo para que otras personas también puedan comprender y superar su sufrimiento.

De esta manera, la TCI funciona como un espacio para la recuperación de las personas. Una vez que la sociedad más amplia y los patrones culturales dominantes a menudo tienden a empujar hacia la despersonalización, aquí se hace el camino contrario. Recuperamos nuestro propio rostro, nuestro sentido de vivir, nuestra confianza en nosotros mismos, en nosotras mismas, y en la comunidad. El futuro se rehace como un lugar esperanzador, y no sólo como algo incierto hacia el que se avanza sin ánimo ni estímulo.

En lugar de simplemente vegetar o aguantar, la vida se transforma otra vez (o por primera vez) en algo significativo.

La inclusión social y el cuidado comienzan conmigo, con la propia persona, se extiende a quienes están cerca (familia y comunidad), e inclusive hasta la humanidad, que deja de ser algo abstracto y lejano.

La TCI no es una práctica caritativa ni asistencialista. Es una recuperación de personas que se realiza horizontalmente, en un espejamiento recíproco que tiene un efecto liberador, de contención y potenciación de la autoestima y de las ganas de vivir.

Por último, pero no menos importante, veo la TCI como una práctica de recuperación total e integral de la persona humana. Es decir, no se trata de privilegiar tal o cual aspecto del ser que somos, sino la totalidad de nuestras dimensiones, en un acto que bien puede calificarse de liberador y restaurador.

Todo el ser que soy, en todo su complejo entrelazamiento, puede ser ejercitado y practicado en el espacio terapéutico-comunitario. No hay priorización, sino uma intersección integrada e integradora de saberes y de dimensiones de vida. La fe, la familia, el sentido común, la academia, los chistes, las risas, las canciones, la poesía, la vivencia cotidiana, todo tiene su lugar.

No hay jerarquizaciones opresoras o domesticadoras. Lo natural se armoniza, o tiende a armonizarse, con lo social.

En un mundo donde vemos frecuentemente la presión de las estructuras de poder y dominación social y económica, estrujando a las personas, asfixiándolas, sacándoles el aire, en la TCI, al contrario, la vida se recrea en un ambiente de fiesta, de alegría, de refuerzo de lazos positivos que animan y dan esperanza.

El cuidado conmigo mismo, en este momento de mi vida, está en primerísimo lugar. Amarme a mí mismo, aceptar el ser que soy sin restricciones. Adoptar mi historia de vida, poniendo cada cosa en su debido lugar, como en una biblioteca. Aprendiendo a abollar y a tirar lo que no sirve. Aprendiendo a borrar, para dejar la basura en la basura. ¡Y que venga la primavera, en cada estación, en todas las estaciones!

Del medio de la oscuridad nace la luz

Así fue ayer, y no sé si era tan o más oscuro que ahora

Y así sigue siendo en esta hora

Cuando el día todavía se anida en la noche

Un proyecto contínuo, permanente

Traer la vida al papel

Traerme en letras y palabras

Crear mundos y crearme

Hacer espacios para acogimiento

Miento si digo que tengo otra misión

No sé si tengo otras, puede ser

La vida es una contínua revelación

Un contínuo venir a ser

Me dejo venir a estas horas

Y ahora toda mi vida está presente

Todo pequeño acto, todo lo vivido

Son estas palabras que lees ahora

Querida lectora o lector

Toda mi historia es este espejo, este reflejo

Este rayo de luz que atraviesa los días

Va cosiendo uno al otro

Tejiendo esperanzas

Uniendo experiencias

Construyendo felicidad

Algo que atraviesa todas las tempestades

Sobrevive a todas las destrucciones

No temas, porque yo estoy contigo

Estas palabras antiguas siguen vigentes

Aquél poder que sostiene mi vida, tu vida, la vida

No se deja privatizar por nada ni por nadie

Está al alcance de cada persona limpia de corazón

Un corazón capaz de amar

Es la casa de Dios.

“En la Casa de los Derechos encontré una familia”

Por Ángela Hurtado

La Casa de los Derechos de Bello, Antioquia, brinda espacios de protección y atención a la población que vive en Granizal, el segundo asentamiento de población desplazada interna más grande de Colombia.

María Victoria*, de 60 años, perdió su hogar por el conflicto dos veces, pero en la Casa de los Derechos de Bello le brindaron apoyo para superar su dolor. “Con ellos encontré una familia, la que había dejado atrás”, cuenta

Su historia fue marcada por el desplazamiento interno. Primero tuvo que huir de su finca, en un pueblo al interior de Colombia. Llegó a Medellín con sus tres hijos y su esposo, pero ese mismo año, por el conflicto intraurbano, perdió a su esposo y de nuevo tuvo que huir de su casa, junto a sus tres niños, en una ciudad que no conocía.

En el 2001 buscó refugio en un asentamiento a las afueras de Bello, un municipio aledaño a Medellín. Durante ese año, miles de personas como ella llegaban huyendo de la violencia. Construyeron sus casas con sus propias manos, en medio de la montaña, con pedazos de madera y plásticos. “No nos podíamos mover de aquí, porque en cualquier momento nos desalojaban”, cuenta. Su historia es la de unos 28 mil habitantes que hoy viven en lo que se conoce como la vereda Granizal.

“Me convertí en parte de la Casa y lideresa de mi comunidad”.

Allí, en donde aún no hay servicio de acueducto y las vías aún están por pavimentar, se construyó en el 2008 la Casa de los Derechos, una iniciativa de la Defensoría del Pueblo de Colombia que contó desde el principio con el apoyo de ACNUR, la Agencia de la ONU para los Refugiados, aliados y el cofinanciamiento de donantes como la Unión Europea, que continuamente apoya iniciativas que protegen y ayudan a las víctimas del desplazamiento forzado en Colombia. Un espacio de encuentro, formación, protección y acceso a derechos para una población vulnerable. “Es un espacio que trasciende lo físico, como equipo buscamos brindar una respuesta según las necesidades y exigencias del contexto y de la dignidad de las comunidades. Pero solo se construye de la mano de la gente que la rodea”, explica Vanessa Torres, funcionaria de la Defensoría del Pueblo y coordinadora de la Casa de los Derechos.

  • La Casa brinda espacios de apoyo psicosocial a través del arte para los y las niñas, niños y jóvenes de Granizal. © Cortesía Defensoría del Pueblo de Colombia

“Cuando los funcionaros de la Defensoría comenzaron a trabajar con nosotros éramos personadas aisladas, desconfiadas y temerosas unas de otras. Golpeadas por la violencia”, añade María Victoria. “Hoy puedo decir con seguridad que gracias a ellos construimos lo que es ahora una comunidad unida de líderes y lideresas fuertes”, anota.

María Victoria fue una de las primeras mujeres en unirse a los espacios de protección que comenzaron a organizarse en la Casa de los Derechos, que incluyeron talleres de integración comunitaria, uso del tiempo libre, apoyo psicosocial y jurídico y escuelas de formación en liderazgo y derechos humanos. “Primero empecé con manualidades, luego conocí rutas de acceso a derechos y cuando menos me lo imaginé estudié durante dos años liderazgo. Me convertí en parte de la Casa y lideresa de mi comunidad”, dice María Victoria entre risas.

“He aprendido a ver como iguales a todos mis vecinos”.

Ahora ella pertenece al grupo de Mujeres Unidas de Granizal, reconocido en la comunidad por brindar apoyo, informar sobre las rutas de atención y explicar todos los derechos y servicios que se les debe garantizar. Entre ellos, el derecho al agua, una de las luchas más fuertes que ha dado la comunidad con el acompañamiento de la Universidad de Antioquia, un aliado de la Defensoría del Pueblo y ACNUR. En el año 2020 lograron un fallo a su favor y por primera vez vieron llegar a la vereda carrotanques con agua potable y esperan la construcción de las redes de acueducto.

La Casa les abre las puertas a otras organizaciones para brindar atención a la comunidad. Permitiendo realizar jornadas de vacunación infantil, capacitaciones técnicas, cultivar una huerta comunitaria y sus paredes están disponibles para expresiones artísticas. “Con el tiempo se volvió ese lugar de acogida, de reflexión y de aprendizaje para todos y todas”, agrega la coordinadora de la Casa.

Aproximadamente 1.600 personas provenientes de Venezuela que han llegado a Granizal también reciben apoyo en la Casa, creando un espacio intercultural. “He aprendido a ver como iguales a todos mis vecinos y más que eso, aprendo de sus saberes, porque aquí vivimos indígenas, afrocolombianos y recientemente estamos acogiendo a la población venezolana”, narra.

Los hijos de María Victoria ya crecieron y se fueron de la vereda, pero ella no se siente sola. “Siempre me siento acompañada. Durante el confinamiento de la pandemia recibí llamadas de los muchachos de la Defensoría, estaban pendientes de cómo estábamos. Saben que la Casa de los Derechos es mi segundo hogar, el segundo hogar de toda la gente de Granizal”, concluye.

* Nombre cambiado por motivos de protección.

Fuente: ACNUR

(24-11-2021)

Atención a la vida

Un lugar para vivir. Eso es lo que todo ser humano necesita. La sociedad basada en la exclusión es la antítesis de esta necesidad humana básica y esencial.

Hoy se recuerda en todo el mundo la Declaración Universal de los Derechos Humanos. No es tiempo de enunciados vacíos sino de acciones concretas, en lo cotidiano, en lo comunitario, en lo personal.

Necesitamos reforzar y revivir la necesidad que tenemos unos de otros, unas de otras. Deshacer el individualismo enfermo y alienante en que se apoya la sociedad de clases, que excluye y separa. La vida es muy breve.

En ese corto espacio de tiempo la persona tiene que tener la posibilidad de desarrollarse a pleno. Las condiciones materiales de existencia deben ser garantizadas para todo ser viviente. La vida no es una mercadería.

Es un don divino. Debe ser resguardada y protegida en toda circunstancia. No dejamos de ver con alarma y preocupación la amplia diseminación de discursos de odio que promueven la desconfianza y la violencia.

Somos llamadas y llamados a enfrentar decididamente esta circunstancia adversa de una sociedad totalmente contraria a la realización de la vida humana en plenitud, como decíamos, con acciones concretas.

Actitudes de escucha y acogimiento, apoyo a quienes más lo necesitan. Solidaridad, hacer juntas y juntos. Atención a la vida. Ese es el rumbo.