Amaneciendo

Esperar el día desde mucho antes de que nazca.

Saber que en estas horas tempranas se vive un tiempo sin igual, donde todo es posible. Un tiempo unificado, en el cual solamente nos cabe disfrutar. Algo que aquél viejo poema que mi padre aún suele recitar, nos recuerda: “Despiértenme las aves con su canto suave no aprendido, no los graves cuidados de que es luego seguido.” Las aves deben todavía estar acunando sus propios sueños.

Y en esta especie de tiempo previo que precede al nacer del sol, voy dejando que sigan llegando estas impresiones, en las cuales y por las cuales me voy sintiendo más yo. La noche de anoche, las luces de la ciudad, los barquitos en el mar, como dibujados. Saber que hay un lugar donde uno puede ser la persona que es, no lo que se espera de nosotros.

No la programación, sino el respiro de la criatura oprimida. La criatura oprimida es aquella parte de mi ser que se tiene que doblar obligatoriamente a las normas sociales. En estos momentos de “inutilidad” o “inaplicabilidad,” no estoy desempeñando papeles, ni estoy tratando de hacer otra cosa como no sea simplemente ser el que soy, ser el que es.

Entonces vienen esas sensaciones antiguas y buenas. Los primeros recuerdos. Un tiempo sin miedo ni preocupaciones. El niño interior, que un niño “exterior” (mi nieto) me viene a recordar con énfasis. Entonces ya no importa el mundo prefabricado por los medios de información, aquello que implantan en nuestras cabezas y en nuestro sentimiento.

Ya no es entonces el mundo modelado por las grandes corporaciones, las instituciones del poder. Es solamente y simplemente el mundo que soy capaz de habitar, desde este vivir que se quiere propiamente mío, y en el cual converge todo lo que quiero. Todas las personas que amo, todos mis sueños antiguos y nuevos. Ese canto de pájaros que me espera en algunas horas más. Y las flores del campo, los grillos y las cigarras. Las nubes en el cielo. Volver a vivir. Volver a ser.

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